Mi primer negocio lo tenía a los seis años: una mesa de billar de juguete que alquilaba a mis compañeros en el colegio. No sabía que eso se llamaba emprender, pero desde entonces ya no supe hacer otra cosa.
Antes de terminar la universidad cumplí el sueño de entrar a una multinacional, AB InBev. Y renuncié. No porque me fuera mal, sino porque quería multiplicar mi impacto y construir estructura propia en lugar de escalar dentro de una ajena.
Lo que vino después fue el holding que me había propuesto: hoy dirijo Business Development Agency LLC, un Growth Venture Studio con sede en Albuquerque, New Mexico, y operación en toda América Latina. Nueve unidades de negocio ordenadas en tres capas —estrategia comercial, tecnología y formación—, equipos remotos y clientes en varios países de la región.
En el camino formé a más de 10.000 profesionales. Es la cifra de la que estoy más orgulloso, porque es la única que se mide en personas y no en facturación.
Hay además una razón de fondo que no es económica: quiero que lo que construyo siga en pie cuando yo no esté en la sala, y que en algún momento sostenga proyectos que no dependan de ningún negocio. Esa convicción también es espiritual. Prefiero decirlo con sobriedad: está en mi historia, no en mi discurso.